Más show, más biz.
La información no es gratuita, es el acceso a esta
información a lo que
podemos expropiar costo. En esta época de redes digitales, no podemos permitirnos entrar en confusiones
y, si acaso cupiera duda, uno puede animarse a preguntar a cualquiera de los
creadores de esta nueva comunidad digital.
Todos
ellos, los vloggers, los web celebs, los bloggers, divos y artistas que utilizan las redes
sociales y las plataformas híper mediáticas que el Internet ofrece, son creadores
que difunden su obra intelectual para ser reproducida infinidad de veces de
forma gratuita. Jamás se subordina la propiedad.
Y
es que es confuso, uno supone que se ganan millones. No podríamos estar más equivocados.
Lo más seguro es que no recuerden Napster, aquel
software que, como pandemia, invadió todos los
ordenadores del mundo. ¿La razón?
Napster permitía la
transferencia de datos entre usuarios de forma libre. Si alguien en el mundo
tenía Baby, One More Time, de Britney Spears,
lo más seguro es que
tú también pudieras
tenerla en cuestión de horas. Sí, horas, pero gratis.
Después de un azaroso proceso penal en contra de
su desarrollador por parte de los sellos discográficos más importantes, así como algunas celebridades, Napster cesó de ejercer esa libertad que terminó por ser abuso.
Sin
embargo, el abuso no terminó ahí. La obra intelectual y creativa de cientos de miles de artistas – el trabajo de una cadena infinita que conlleva compositores,
arreglistas, productores, cantantes, músicos, fotógrafos, compañías papeleras, maquiladores, contadores, ejecutivos de disqueras, etc. – se vio agredida
fuertemente por los sucesores del infame Napster, Kazaa, iMesh, Ares, Morpheus,
y una serie absurda de programas de transferencia de información dejaron casi en la quiebra a una de las
industrias más prolíficas del showbiz. Nadie compraba
discos.
De
los cerca de 15 millones de copias que Vicente Fernández
vendía en la década de los noventas, hoy tiene suerte si
llega a las 5 mil. ¿Por qué? Nadie, nadie,
compra discos. La industria musical tuvo que reordenar su sistema de producción.
No más artistas de un solo álbum o imágenes fetichizadas que jamás habrían de presentarse en conciertos. El pueblo
castigó, de cierta
forma, a sus estrellas con justicia irónica. Porque los artistas eran escuchados,
eran populares, admirados y acosados; sólo sus carteras perdieron su brillo.
Por
suerte para ellos, llegó la segunda
etapa de la interacción por Internet, lo que John Robb llamó la Web 2.0, la cual soporta más medios y permite la interacción del usuario con su interlocutor. No más comunicación de dos pasos, la vía online tiene doble sentido.
Esta
Web 2.0 vio el surgimiento de las redes sociales por Internet a partir de
MySpace, Hi5, y últimamente la
generación de Facebook, Twitter,
Instagram, Google+, etc.
Imagínense las infinitas posibilidades que estas
herramientas ofrecían al servicio
de la promoción de films,
publicaciones, organizaciones y sí, por supuesto, cantantes y bandas. YouTube permite la reproducción de videos en línea, Grooveshark y Spotify la reproducción de tracks y álbumes enteros.
Pero
no crean que lo es todo. Los espacios publicitarios que estos sitios ofrecen,
así
como la tasa de utilidades variable que retribuyen a
los artistas más populares, no
alcanzan ni la tercera parte de las ganancias de un intérprete o agrupación dada. Y es que,
por lo menos en esto, las redes sociales en Internet sí promovieron una transformación democrática.
Si
alguna vez se han atrevido nuestros lectores a buscar
en alguna caja arrumbada, encontrándose con los aparatosos y super chic discos de acetato, es probable que hayan notado que el glorioso
mastodonte entre sus manos contenía una, dos, cuatro canciones a lo mucho. Hasta finales de la década de los 40 -con la llegada de los LP (Long
Play)-, el formato del acetato permitía una preservación de información mucho menor a la que estamos acostumbrados
con los formatos digitales, lo cual contribuyó al dominio de los singles en el mercado.
¿Para qué rememorar? Bueno,
piénselo bien. Una
canción servía de material de promoción para los interpretes; no era la mina de oro que se acostumbró en los setentas, ochentas y noventas. Ray Charles, Elvis, The Beatles,
Paul Anka, The Temptations, todos ellos debían ganarse la vida ontheroad, es decir en la gira.
Las presentaciones públicas de artistas musicales en eventos se convirtieron de algo cotidiano, a un evento especial y, de nuevo, ha vuelto a representar el mayor ingreso en las cuentas de nuestros músicos. Regresan las caravanas que se presentan a diestra y siniestra por todo lo largo y ancho del globo anunciando formaciones y solistas que hace diez años hubiera que haber perseguido a través de cielo, mar y tierra. Las producciones se basan en singles difundidos sistemáticamente en los medios que apoyan al reconocimiento del catálogo de canciones de cada artista.
Esto, por supuesto, no ha detenido a BMG, Sony Music, Warner Music, ni
al resto de las mega corporaciones de buscar adaptarse al nuevo modelo del negocio.
Estas firmas, que anteriormente se dedicaban a descubrir talentos, contratar,
financiar y promover producciones; son ahora los organizadores de eventos y los
principales defensores del negocio editorial y derechos de autor.
No existe forma en que el músico evite el contacto con sus seguidores, en que se enriquezca con ilusiones; hoy, más que nunca, las redes se nutren de la creación imparable de cientos de miles de inéditos y desconocidos talentos. Sólo queda en cada uno de nosotros quitar el velo de la jerarquía del arte y el negocio a través del boca en boca; como siempre ha sido y será.
Por Manuel Cázares S.








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